Agota el último sorbo mientras al fondo suena una canción que no sabe de quien es, pero detesta. Deja diez euros sobre la barra y, sin esperar las vueltas, se marcha. El ruido de sus zapatos arrastrados se pierde entre la algarabía de sonidos nocturnos de aquella barra de mala muerte. Cuando cierra, al fin, la puerta tras sí, inspira hondo la noche. Detrás queda aquella maldita canción y aquellas malas copas, tras la puerta se quedaron el humo de los cigarrillos, las risillas contenidas y el ruido de los hielos, atrás se quedó quien fue porque delante, siente, ya no hay nada, ni siquiera presente. Su futuro es un pasado del que huye, pero que siempre vuelve.
Verónica perdió el brazo izquierdo en un accidente de tráfico que provocó él. Demasiada velocidad, demasiado alcohol, demasiada adrenalina. Verónica antes era bella, su musa perfecta. Tras la pérdida su pelo castaño ya no brillaba con intensidad, sus curvas deliciosas, sus pechos turgentes, sus huesos en la cadera, sus ojos amplios y negros como la noche ya no eran ni deliciosos, ni turgentes, ni huesudos, ni amplios, ni noches. Le faltaba una parte de sí, el brazo con el que escribía, con el que comía. La mano en la que sonaban los cascabeles de sus pulseras cuando se movía libiana por la pasarela. Desde el accidente, Verónica era un muñón. La chapa había atravesado, limpia, la carne y el tuétano. Cuando les sacaron del automóvil su brazo quedó allí sobre el arcén, entre un charco imposible de sangre.
Después de aquello ya no pudo dejarla. Después de aquello la amó más allá de sus propios límites, pero no sabía que en el amasijo de hierros quedó prendida también su alma.
Si Antonio ahora mismo pudiera verla, pensaría que más bajo no podría caer. El agujero en el que se encontraba hundida era la última cloaca humana antes del infierno: allá estaba, en una barra, con una copa de whisky en una mano y la papelina de cocaína en la otra. Un trago, una raya, otro trago, otra raya. Y así se le iban las noches, entre alcohol y drogas, como si estas fueran antídotos para olvidar quien fue, para borrar qué hizo, para enmendar qué erró. El ritual era idéntico cada noche. Primero llegaba la euforia, después el ansia, más tarde las lágrimas. Dos botellas de whisky y un gramo de cocaína después, cada noche, se escondía entre las sábanas y deseaba no despertar nunca jamás, desaparecer, extinguirse para volver siendo otra, la misma pero otra.
–Esta fue la última-, se decía a sí misma antes de dormirse. Estaba equivocada y lo sabía, siempre era la penúltima.
Caminó sin saber hacia donde iba. Le dolía la cabeza, se tocó la frente buscando ardor y encontró el tacto pegajoso de la sangre. Aturdido, se volteó, y vio. Luces cegadoras, humo, olor a gasolina y un brazo inerte sobre el arcén. Eso lo has hecho tú, cabrón, se dijo, y corrió hacia el bosque, corrió hasta que se hizo de día y el ácido láctico paralizo sus piernas, corrió y corrió, corrió hasta matarse pero no olvidó.
-Antonio... Antonio... Me duele, Antonio, por Díos, sácame de aquí, Antonio, ¿dónde estás? Antonio por qué no contestas... Antonioooooooooooooooooooo...
Verónica sentía como se pegaban a su culo las miradas de los obreros cuando caminaba. Verónica era una diosa, y lo sabía. Se detuvo frente a la cristalera de un bar para admirar sus curvas, y entonces le vio.
-Esto está frío, chato, ponme otro-, gritó Antonio después de darle un mordisco al bocadillo de calamares. El camarero ni se dio la vuelta. Bastante tenía ya, con la barra infestada de gente. Antonio dejó cincuenta euros sobre la barra y no esperó el cambio. Cuando salió a la calle la vio.
Y lo peor no fue eso, lo peor es que ella también le vio.
-No sabía que los ángeles podían escaparse del cielo.
-No pueden.
Verónica cortó fría el piropo. Podía contar con más dedos los halagos que le habían dedicado aquella mañana que los amigos que sumaba en veintiséis años de vida.
-Tú eres un ángel y estás aquí. Entonces sí pueden.
-Tío, eres el quinto tío que hoy me dice eso. Ni original ni lo suficientemente guapo para que me olvide, ni siquiera un rato, de que no eres guapo.
-No seré original ni guapo, pero al menos sí he conseguido que te pares a hablar conmigo...
Verónica se dio la vuelta. Aquel tío no tenía razón. Ella no se había parado ante él, no había hablado con él, se iba.
Antonio la detuvo. La amarró del brazo.
-Ahora que ya sé que no eres ángel, al menos déjame que te escuche. Creo que necesites que alguien lo haga.
Verónica se zafó. Y caminó erguida al metro, sin volver la vista atrás.
Pero ella le había visto primero.
La planta de sus pies son un millón de alfileres. Pero Verónica no busca una silla porque el dolor que la traspasa no es físico, no es un puñado de alfileres, aunque se cuenten por miles, es la rabia de saber que nunca llegará a ser top-model, nunca acariciará la élite, porque mira al patrón, al gran patrón con el que antes compartía un gin-tonic, y sabe que nunca podrá dejar que la toque, que la bese, que la desnude y le arranque las bragas, no; nunca, nunca, nunca. No; nunca podrá. Hace una hora se reía a su lado y compartía bebida; ahora se esconde en una esquina. Cuando él le propuso una copa en su despacho para mostrarle las fotos de las que antes fueron como ella y hoy copan las portadas de revistas, ella declino. Él insistió, ella volvió a negar.
-Sin mí no llegarás a nada. A ponerle precio a tu dignidad en los programas del corazón como mucho.
Y Verónica se dio la vuelta. Lo hizo con la inconsciencia. Si por un segundo lo hubiera razonado, quizá, hubiera accedido a cambiar una noche de asco por una vida de fama. Pero no pudo ni pensarlo. Se dio la vuelta, mientras se frotaba el brazo que el patrón le había tocado. Y se acordó de aquel que por la calle la había llamado ángel mientras leía la soledad en sus ojos. Era el mismo. El izquierdo. Su dignidad, al menos aquella noche, seguía valiendo más que su fama. Esa noche, al menos, sí.
Antonio llegó cuando todos se iban. Llegaba para acompañar a un amigo que buscaba facilidades en un mundo de artificios. Llegó para verla marcharse. Dejó a su amigo en la puerta.
Un ángel llevaba prendido su nombre del gesto.
-Ahora que sé que no eres un ángel, déjame que conozca tu tierra. Déjame esta noche, sólo ésta, al menos ésta.
Y ella le dejó. A Antonio, ahora sabía su nombre, le dejó porque al menos la llamaba ángel, al menos seguía llamándoselo.
Y a aquella noche le siguieron tantas que Verónica dejó de mirar el calendario para contarlas.
Hasta que un día, Antonio decidió que un ángel no era suficientes. Y buscó a otros, en la calle, en las barras y en las noches. Y Verónica, mientras, miraba el cielo buscando su sitio entre lo más oscuro que separa una estrella de otra, y respiraba blanco mientras lloraba. Sí, lloraba y respiraba blanco. Así cada noche. Hasta que también dejó de contarlas.
Ella le pidió marcharse y él no pudo dejarla irse.
-Tú ya no me quieres y yo necesito que me quieran para quererme. Quiero ser modelo. Voy a hablar con el patrón. Quiero alcanzar lo que dejé escapar la noche que te conocí. Déjame irme. Ya no soy tu ángel. Ya no soy un ángel.
-Antes muerta que de otro. Antes muerta, le había gritado, recordaba.
Y discutían. Y el coche se le fue. Y aquella curva. Y el brazo inerte.
Y el verano que, por una noche, se puso el traje de invierno.
Llovió durante tres días.
-¿Aún quiere enseñarme las fotos de esas chicas?, la voz de Verónica se arrastra mientras con su única mano libre, la izquierda, esparce polvo sobre el cristal.
-Sabes que ya no eres modelo, ya no puedes serlo... La voz del patrón corta, a pesar de la distancia al otro lado del teléfono.
Se escucha un lloro, leve, pero inconfundible.
-Ya no soy un ángel. Ya no me queda nada, salvo mirar fotos y pensar que pude ser una de ellas.
-Pero ya ni siquiera te queda eso. No vuelvas a llamarme, por favor.
Antonio viró el coche demasiado rápido. Y la curva se la tragó. Se tragó su sueño de ser modelo y con él se llevó su brazo. Era su penitencia. Por dejar llorar a un ángel en la tierra estaría a su lado para siempre.
Para siempre.
Sí, con lo que ello conlleva.
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