lunes, 3 de marzo de 2008

Yo lo hice hace cuatro años...

Hay varias razones por las que uno decide bajarse en la estación de Chamartin y no dejar que el tren se pase, se aleje del kilómetro cero. Yo llegué del norte, de Salamanca, hace cuatro años. Y me bajé del tren con vértigo, pero la cabeza alta. Recuerdo que miraba a través del cristal y mientras los campos llanos, las montañas chatas y las casas chicas se alejaban, casi podía tocar las luces eléctricas, naranjas e insomnes, que me decían que aquello del otro lado del cristal era Madrid, sí, Madrid. Y me bajé en Chamartín, sí, y no he vuelto atrás todavía, a las casas chicas, las montañas chatas y los campos llanos. Kilómetro cero, ese lugar del que salen todos los caminos, aquí me quedé.
Esa es la primera razón para bajarse en Chamartín: persigue un sueño y acabarás en Madrid.
Otra razón es que si no te vienes, te quedas solo. En Salamanca ya no queda gente de mi edad. Todos se vinieron a Madrid, por eso del sueño.
Y también está lo de la independencia, porque a los 25 ya apetece poder llamar a tu casa tuya y no de tus padres.
Y por todas estas cosas y alguna más, hace cuatro años una chica de 21 más bien pequeña, más bien delgada y más bien de piel, ojos y pelo oscuro se bajó en Chamartín con cinco kilos de maleta llena de ropa de Blanco, una llamativa falda amarilla comprada en Londres y una historia por escribir en Madrid. Ésta, la que ahora, y a partir de ahora, os cuento, os contaré.

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